UN ESPACIO PARA USTEDES PARA Q PREGUNTE Y COMPARTAN EXPERIENCIAS CON LOS HOMBRES, AHORA PODRAN ENTENDER PORQ VEMOS EL MUNDO COMO MEAMOS, SI ASI DE SIMPLE.
martes, 2 de noviembre de 2010
POR QUE LAS MUJERES ESTAN SOLAS?
Escucho a tantas mujeres quejarse de que los hombres no sirven, que son machistas, o inútiles, y tantos mas adjetivos, y entonces me pregunto realmente es así?.. realmente los hombres de hoy en día no dan la talla?..o son las mujeres que ya no están conformes con nada, (empezando muchas veces por ellas mismas).....será que en el fondo , apesar de estar en el siglo 21, las mujeres siguen esperando al príncicpe azul y por eso se ven rodeadas de puros sapitos?
quizás filosofo inutilmente y esto sea algo que no tenga ni sentido preguntárselo ..pero llevo un tiempo pensándolo y sigo sin respuestas...seremos nosotros o seran ellas...o quizás ambos...
si creo que el mejor estado del hombre (digo hombre de manera general ) es la pareja ..aunque no creo que estar solo sea lo mas terrible del mundo, pues si considero que hay momentos en que es bueno estar solos, lo serio es cuando hacemos de la soledad nuestra compañera, sobre todo si en nuestro interior el pensamiento que priva es que no nos merecemos a nadie genial a nuestro lado ...
ustedes que piensan al respecto?...
lunes, 1 de noviembre de 2010
MIEDOS SOCIALES
Ya q estamos con nuestros miedos q tal los miedos sociales, existen varios y son muy difíciles de aceptar, y peor aun, erradicarlos, llevándonos a otros trastornos y problemáticas como son, el alcoholismo, uso de dogas, infidelidad, mentiras compulsiones, etc.
Los jóvenes de hoy (una tercera parte de quienes tienen 30 años viven todavía en casa de sus progenitores) se lo piensan mucho antes de irse del hogar familiar. Y, todos en general, le damos mil vueltas a la cabeza antes de suscribir cualquier compromiso que suponga una atadura: hipotecarse comprando una vivienda, consolidar una relación sentimental, tener hijos, cambiar de lugar de residencia para acceder a un nuevo puesto de trabajo...
Este mundo de comodidades y seguridad en que vivimos nos ha hecho conservadores, recelosos ante el futuro y dubitativos, introspectivos y, lo que es peor, nos ha convertido en personas bastante inseguras y desconfiadas. Buena parte de esta situación se debe a la educación protectora y permisiva que los padres de las últimas generaciones han proporcionado a sus hijos. Esa sensación de bienestar a cambio de casi nada y con tan pocos límites y obligaciones, actúa como freno ante el cambio, al aumentar el nivel de prevención y exigencia ante las incertidumbres que generan los cambios estructurales. Sin duda, hay barreras objetivas ante las que apenas se puede intervenir, como la carestía de la vivienda o la escasez y baja remuneración del trabajo, que dificultan la toma de las decisiones relacionadas con la emancipación y el desarrollo personal.Pero hace sólo tres décadas, ni se vivía tan cómodamente ni la gente había tenido tanto tiempo (antes de la vida en pareja y de tener descendencia) para construirse a sí misma, para definir sus preferencias y su propio estilo de vida. Crear una familia o irse de casa de los padres supone renuncias importantes, que pueden verse sobradamente compensadas una vez realizado el cambio pero que hacen que la gente se lo piense mucho antes de tomar la decisión.
Los problemas acostumbran a surgir incluso antes de que se llegue a la convivencia de la pareja: empieza a plantearse si es "el momento adecuado", si se está "preparado para dar un paso tan importante", si "no nos estaremos precipitando". La vida en pareja entraña el riesgo al fracaso amoroso, además de un compromiso, una comunidad de objetivos, una necesidad de tolerancia, comprensión, cariño y atención permanente al otro, una mecánica de concesiones mutuas, una pérdida de libertad individual en la medida que deben alcanzarse consensos. En suma, un conjunto de cambios que si se realizan espontáneamente y sin gran cálculo nos conducirán a nuevas circunstancias que iremos sobrellevando como mejor podamos, unas veces con optimismo y otras con la resignación y madurez de quien ha modificado su vida y asume las repercusiones de sus actos. Pero, cuando ante la expectativa del cambio, nos planteamos una y mil veces si no será más lo que perdemos que lo que ganamos y puede más el temor al fracaso que la expectativa ante lo bueno que está por venir, tenemos un problema.
Pero también, conforme se va madurando, muchos tienden a ser más realistas, comprensivos y generosos con los demás. Al conocernos mejor y al estar más familiarizados con los recovecos y limitaciones del ser humano, nos mostramos más tolerantes y abiertos.
Algunos jóvenes manifiestan miedo al compromiso con otras personas e, incluso, al compromiso con su propia autonomía. Temor a responsabilizarse, a vivir con independencia territorial y emocional respecto de sus padres. Miedo, en suma, a hacerse cargo de sí mismos, a ser responsables de sus actos, decisiones y opiniones. El miedo revela normalmente una desproporción entre la dimensión de lo que tenemos que afrontar y los recursos con que contamos para ello. Y no es suficiente con disponer de esos recursos, hemos ser conscientes de nuestra capacidad y para ello es indispensable ponerla en práctica.
Aquí está el quid de la cuestión. Los padres han protegido tanto a sus hijos, han querido allanarles tanto el camino, que no han hecho sino poner barreras a su evolución. Han olvidado que valerse por uno mismo y dotarse de la capacidad de afrontar las dudas, los problemas y las dificultades, sólo se aprende desde una autonomía de opinión y de acción, que debe irse construyendo con el transcurso de los años. Los jóvenes han de ir generando sus propios recursos, experimentando sus capacidades y comprobando que los errores son oportunidades de aprendizaje para crear respuestas más eficaces y adecuadas. Un joven que ignora sus capacidades tenderá a ser inseguro y temeroso, a manifestar dependencia de las personas que le han ayudado a resolver sus problemas. Una cosa es ayudar a los hijos y otra, bien distinta, realizar tareas y adoptar decisiones que les corresponden a ellos. El efecto de esta equivocada actitud es evidente: no se emanciparán, tardarán más en madurar y asumir las competencias que les corresponden, e incluso podrían aferrarse a esa niñez (prolongada inconscientemente por los padres) tan placentera y exenta de responsabilidades. En suma, se frenará el difícil camino hacia su autonomía como seres pensantes, libres y responsables. Además, se les puede crear un alto nivel de exigencia hacia los demás y una tendencia a la vida fácil y sin problemas, lo que propicia una escasa tolerancia al fracaso, a la disciplina y al esfuerzo.
La principal misión de los padres es ayudar y acompañar a los hijos a que se conviertan en personas autónomas y responsables.
Los miedos surgen a menudo porque no estamos acostumbrados a resolver nuestros problemas
Los jóvenes de hoy (una tercera parte de quienes tienen 30 años viven todavía en casa de sus progenitores) se lo piensan mucho antes de irse del hogar familiar. Y, todos en general, le damos mil vueltas a la cabeza antes de suscribir cualquier compromiso que suponga una atadura: hipotecarse comprando una vivienda, consolidar una relación sentimental, tener hijos, cambiar de lugar de residencia para acceder a un nuevo puesto de trabajo...
Este mundo de comodidades y seguridad en que vivimos nos ha hecho conservadores, recelosos ante el futuro y dubitativos, introspectivos y, lo que es peor, nos ha convertido en personas bastante inseguras y desconfiadas. Buena parte de esta situación se debe a la educación protectora y permisiva que los padres de las últimas generaciones han proporcionado a sus hijos. Esa sensación de bienestar a cambio de casi nada y con tan pocos límites y obligaciones, actúa como freno ante el cambio, al aumentar el nivel de prevención y exigencia ante las incertidumbres que generan los cambios estructurales. Sin duda, hay barreras objetivas ante las que apenas se puede intervenir, como la carestía de la vivienda o la escasez y baja remuneración del trabajo, que dificultan la toma de las decisiones relacionadas con la emancipación y el desarrollo personal.Pero hace sólo tres décadas, ni se vivía tan cómodamente ni la gente había tenido tanto tiempo (antes de la vida en pareja y de tener descendencia) para construirse a sí misma, para definir sus preferencias y su propio estilo de vida. Crear una familia o irse de casa de los padres supone renuncias importantes, que pueden verse sobradamente compensadas una vez realizado el cambio pero que hacen que la gente se lo piense mucho antes de tomar la decisión.
El miedo a las obligaciones y a perder independencia
Los problemas acostumbran a surgir incluso antes de que se llegue a la convivencia de la pareja: empieza a plantearse si es "el momento adecuado", si se está "preparado para dar un paso tan importante", si "no nos estaremos precipitando". La vida en pareja entraña el riesgo al fracaso amoroso, además de un compromiso, una comunidad de objetivos, una necesidad de tolerancia, comprensión, cariño y atención permanente al otro, una mecánica de concesiones mutuas, una pérdida de libertad individual en la medida que deben alcanzarse consensos. En suma, un conjunto de cambios que si se realizan espontáneamente y sin gran cálculo nos conducirán a nuevas circunstancias que iremos sobrellevando como mejor podamos, unas veces con optimismo y otras con la resignación y madurez de quien ha modificado su vida y asume las repercusiones de sus actos. Pero, cuando ante la expectativa del cambio, nos planteamos una y mil veces si no será más lo que perdemos que lo que ganamos y puede más el temor al fracaso que la expectativa ante lo bueno que está por venir, tenemos un problema.
Pero también, conforme se va madurando, muchos tienden a ser más realistas, comprensivos y generosos con los demás. Al conocernos mejor y al estar más familiarizados con los recovecos y limitaciones del ser humano, nos mostramos más tolerantes y abiertos.
Algunos jóvenes manifiestan miedo al compromiso con otras personas e, incluso, al compromiso con su propia autonomía. Temor a responsabilizarse, a vivir con independencia territorial y emocional respecto de sus padres. Miedo, en suma, a hacerse cargo de sí mismos, a ser responsables de sus actos, decisiones y opiniones. El miedo revela normalmente una desproporción entre la dimensión de lo que tenemos que afrontar y los recursos con que contamos para ello. Y no es suficiente con disponer de esos recursos, hemos ser conscientes de nuestra capacidad y para ello es indispensable ponerla en práctica.
El porqué del miedo
Aquí está el quid de la cuestión. Los padres han protegido tanto a sus hijos, han querido allanarles tanto el camino, que no han hecho sino poner barreras a su evolución. Han olvidado que valerse por uno mismo y dotarse de la capacidad de afrontar las dudas, los problemas y las dificultades, sólo se aprende desde una autonomía de opinión y de acción, que debe irse construyendo con el transcurso de los años. Los jóvenes han de ir generando sus propios recursos, experimentando sus capacidades y comprobando que los errores son oportunidades de aprendizaje para crear respuestas más eficaces y adecuadas. Un joven que ignora sus capacidades tenderá a ser inseguro y temeroso, a manifestar dependencia de las personas que le han ayudado a resolver sus problemas. Una cosa es ayudar a los hijos y otra, bien distinta, realizar tareas y adoptar decisiones que les corresponden a ellos. El efecto de esta equivocada actitud es evidente: no se emanciparán, tardarán más en madurar y asumir las competencias que les corresponden, e incluso podrían aferrarse a esa niñez (prolongada inconscientemente por los padres) tan placentera y exenta de responsabilidades. En suma, se frenará el difícil camino hacia su autonomía como seres pensantes, libres y responsables. Además, se les puede crear un alto nivel de exigencia hacia los demás y una tendencia a la vida fácil y sin problemas, lo que propicia una escasa tolerancia al fracaso, a la disciplina y al esfuerzo.
Educar para la autonomía y la responsabilidad
La principal misión de los padres es ayudar y acompañar a los hijos a que se conviertan en personas autónomas y responsables.
- Los padres son educadores, nunca amigos con los que lo fundamental es "llevarse bien".
- La educación es una inversión a largo plazo en la que nunca se deja de hacer "ingresos", y que exige a los padres reflexión, disciplina, constancia, esfuerzo, y mucha paciencia.
- La aplicación cotidiana de una correcta estrategia educativa puede generar enfrentamientos entre padres e hijos que hay que saber conducir.
- Los padres que adoptan decisiones que corresponde tomar a sus hijos y que les resuelven todos sus problemas, generan en los jóvenes un déficit de autoestima y de capacidad para afrontar los retos de la vida.
- Educar para que los hijos no muestren miedo ante las obligaciones y los compromisos es una tarea incómoda, desagradecida y difícil. Las recetas no existen, hay que atender a las peculiaridades de cada hijo.
- Dejando a salvo valores innegociables (como el respeto, la solidaridad y la responsabilidad), la actitud más adecuada de los padres es la que resulta activa, próxima, abierta, vigilante y respetuosa.
- Dos ejemplos de buena conducta educativa: dejar al niño de pocos meses llorar por la noche no permitiéndole dormir en la cama de sus padres, y "obligar" a los hijos a que, antes de solicitar consejo, reflexionen sobre las decisiones que más directamente les afectan.
MIEDOS DEL HOMBRE
Los hombres somos muy miedosos, no en el estricto sentido de la palabra, es decir, es capaz de defender a su familia de lo q sea, por encima de sus miedos, pero somos seres muy inseguros q vivimos del ego, la vanidad, el q pensaran las mujeres de mi, TODOS necesitamos la admiración de las mujeres q nos rodean. Jamas soportamos bromas somo nuestra virilidad, y mucho menos q nos comparen con otro hombre y menos como amante, eso puede devastar a un hombre débil. pero bueno aquí les pongo algunos de los mas grandes miedos del hombre en general eh.
El primer temor es la impotencia. Temor que consiste en la incapacidad de poner el pene erecto. Paradójicamente es el mismo temor lo que ocasiona la impotencia sexual en los hombres. En la actualidad, la sexología ha desterrado el término impotencia. Se dice que lo más apropiado sería hablar de: disfunciones eréctiles ¿Por qué? Porque la impotencia tiene muchas variedades: pueden ser completas, parciales, situacionales, ocasionales. Las preocupaciones, el cansancio, el consumo excesivo de alcohol, pueden contribuir a la impotencia. Pero si bien las causas físicas están presentes, los motivos psicológicos son determinantes, porque reflejan la incapacidad del hombre de mostrar su esencia creadora, su energía vital. Para el investigador W. Stekel, la impotencia representa algo más: una sentencia pasiva, expresión de odio preconciente, una necesidad de castigar a la mujer, que finalmente es castigarse a sí mismo.
El segundo temor y uno de los más grandes, es padecer de eyaculación precoz. La eyaculación precoz es el problema que afecta tanto a jóvenes como adultos y consiste en eyacular en muy corto tiempo, originando mayormente una frustración tanto en él como en ella. Puede presentarse ocasionalmente o regularmente. Esto último provoca un desempeño sexual inconforme para la mujer, porque después de la eyaculación, el pene tiende a ponerse flácido, imposibilitando que la mujer llegue al orgasmo y quede satisfecha. La razón de la eyaculación prematura es generalmente psicológica, por lo tanto sería apropiado descubrir las causas y ansiedades de la persona, porque para un hombre controlar su eyaculación es seguridad y a la vez relajación. Esta disyuntiva hace que surjan conflictos en el hombre entre la entrega y a la vez control de si mismo.
Otro de los temores más frecuentes, el tercero, es no comportarse a la altura de la situación. El temor de no ser considerado aceptable, experto o a la altura del momento. Este temor refleja la inseguridad latente, interior, de todo hombre hacia el rechazo y fracaso por carecer de técnica o considerar la misma poco efectiva. La comparación es un tema delicado, porque lamentablemente, como en todos los terrenos de la vida, siempre habrá más expertos que nosotros y también menos expertos que uno. Es una cuestión de tiempo, experiencias, preparación.
Aún en estos tiempos modernos, existe el cuarto temor en muchos hombres, sobre el tamaño de su pene. Esta ansiedad en su mayoría inconsciente, se basa a que asocia el tamaño del pene con el placer: a mayor tamaño, mayor placer. El Dr. Artidoro Cáceres, sexólogo peruano reconocido, señala que "en muchas actividades humanas se exalta la cantidad y se menosprecia la calidad... Si tengo un gran falo soy un gran hombre creen y dicen los falocráticos... Cada uno se siente Príapo y vocifera su complejo, pero cuando su situación es de deficiencia lo calla, lo aguanta, lo sufre". Finalmente diremos, que todo hombre debería comprender, que el tamaño de su pene no es importante, sino como lo conduzca, según los recursos eróticos y técnicos que disponga.(no es mi opinión ('o'))
Finalmente, el quinto temor se relaciona con la vejez. Biológicamente, con los años, el interés sexual decrece. Y el temor a ser descartado o superado por la juventud, crea en muchos casos sentimientos de inferioridad. La sociedad da tanta prioridad a la juventud, que incentiva a preservar el deseo sexual en los hombres de manera muchas veces antinatural. Nuestro organismo es sabio, señala poco a poco, lo que necesita, lo que requiere. Enfrentar la vejez requiere de madurez por parte de todo hombre, porque es un ciclo natural. Osho dice que "cuando desaparece el sexo, el hombre mayor tiene un amor y una compasión completamente diferente. En su amor no hay lujuria, no hay deseos; no quiere sacar nada. Su amor tiene pureza, inocencia, su amor es alegría".
El primer temor es la impotencia. Temor que consiste en la incapacidad de poner el pene erecto. Paradójicamente es el mismo temor lo que ocasiona la impotencia sexual en los hombres. En la actualidad, la sexología ha desterrado el término impotencia. Se dice que lo más apropiado sería hablar de: disfunciones eréctiles ¿Por qué? Porque la impotencia tiene muchas variedades: pueden ser completas, parciales, situacionales, ocasionales. Las preocupaciones, el cansancio, el consumo excesivo de alcohol, pueden contribuir a la impotencia. Pero si bien las causas físicas están presentes, los motivos psicológicos son determinantes, porque reflejan la incapacidad del hombre de mostrar su esencia creadora, su energía vital. Para el investigador W. Stekel, la impotencia representa algo más: una sentencia pasiva, expresión de odio preconciente, una necesidad de castigar a la mujer, que finalmente es castigarse a sí mismo.
El segundo temor y uno de los más grandes, es padecer de eyaculación precoz. La eyaculación precoz es el problema que afecta tanto a jóvenes como adultos y consiste en eyacular en muy corto tiempo, originando mayormente una frustración tanto en él como en ella. Puede presentarse ocasionalmente o regularmente. Esto último provoca un desempeño sexual inconforme para la mujer, porque después de la eyaculación, el pene tiende a ponerse flácido, imposibilitando que la mujer llegue al orgasmo y quede satisfecha. La razón de la eyaculación prematura es generalmente psicológica, por lo tanto sería apropiado descubrir las causas y ansiedades de la persona, porque para un hombre controlar su eyaculación es seguridad y a la vez relajación. Esta disyuntiva hace que surjan conflictos en el hombre entre la entrega y a la vez control de si mismo.
Otro de los temores más frecuentes, el tercero, es no comportarse a la altura de la situación. El temor de no ser considerado aceptable, experto o a la altura del momento. Este temor refleja la inseguridad latente, interior, de todo hombre hacia el rechazo y fracaso por carecer de técnica o considerar la misma poco efectiva. La comparación es un tema delicado, porque lamentablemente, como en todos los terrenos de la vida, siempre habrá más expertos que nosotros y también menos expertos que uno. Es una cuestión de tiempo, experiencias, preparación.
Aún en estos tiempos modernos, existe el cuarto temor en muchos hombres, sobre el tamaño de su pene. Esta ansiedad en su mayoría inconsciente, se basa a que asocia el tamaño del pene con el placer: a mayor tamaño, mayor placer. El Dr. Artidoro Cáceres, sexólogo peruano reconocido, señala que "en muchas actividades humanas se exalta la cantidad y se menosprecia la calidad... Si tengo un gran falo soy un gran hombre creen y dicen los falocráticos... Cada uno se siente Príapo y vocifera su complejo, pero cuando su situación es de deficiencia lo calla, lo aguanta, lo sufre". Finalmente diremos, que todo hombre debería comprender, que el tamaño de su pene no es importante, sino como lo conduzca, según los recursos eróticos y técnicos que disponga.(no es mi opinión ('o'))
Finalmente, el quinto temor se relaciona con la vejez. Biológicamente, con los años, el interés sexual decrece. Y el temor a ser descartado o superado por la juventud, crea en muchos casos sentimientos de inferioridad. La sociedad da tanta prioridad a la juventud, que incentiva a preservar el deseo sexual en los hombres de manera muchas veces antinatural. Nuestro organismo es sabio, señala poco a poco, lo que necesita, lo que requiere. Enfrentar la vejez requiere de madurez por parte de todo hombre, porque es un ciclo natural. Osho dice que "cuando desaparece el sexo, el hombre mayor tiene un amor y una compasión completamente diferente. En su amor no hay lujuria, no hay deseos; no quiere sacar nada. Su amor tiene pureza, inocencia, su amor es alegría".
Una vez comprendiendo esto sabrás como usarlo a tu favor.
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